
De hecho, la gestión de la crisis climática y las transiciones energéticas se produce cada vez más en contextos de reducción del espacio democrático, donde las decisiones se confían a élites tecnocráticas, poderes económicos concentrados o aparatos autoritarios. Lo que está en juego no es solo el contenido de las políticas climáticas, sino también su proceso de formulación: quién decide, con qué herramientas y con qué legitimidad social. Es en este sentido que el medio ambiente se convierte en una de las nuevas fronteras del conflicto democrático, una prueba de fuego de la calidad y los límites de la participación política en el siglo XXI.